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Tecnología y educación: de lo extraordinario a lo ordinario

Viernes, 10 junio, 2016

Dice Óscar Martín Centeno, Director del  CEIPS Santo Domingo de Algete, Madrid, que “Un centro digitalmente competente es el que hace invisible la tecnología para centrarse en la metodología”.

El concepto de “tecnología invisible” me hace recordar que, hace muchos años, me encantaba pensar que había unos cables “invisibles” por los que iba la luz eléctrica, y que, cuando uno pulsaba un interruptor en un sitio, una luz se encendía en otro, completamente separado y como por arte de magia.

Decía Arthur C. Clarke que “ Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.“. Así la “invisibilidad” no sería sino una más de las manifestaciones mágicas de una tecnología que todavía no comprendemos, que aún sigue siendo extraordinaria.

Yo no creo que la tecnología de hoy tenga carácter invisible; más bien es bastante visible, aunque para algunos de nosotros de nosotros, al menos de los de mi generación, conservaba no hace mucho su carácter mágico. Decía una señora, cuando transmitieron la llegada a la luna del Apollo 11, que ella se creía perfectamente que el hombre hubiese llegado a la luna; pero que lo que no se creía era que lo pudiésemos estar viendo desde la tierra, en directo.

También existe la creencia (o al menos existía), entre las tribus primitivas,  de que, cuando alguien toma una foto de una persona, está llevándose una parte de su espíritu. De este modo, la tecnología (o sea, la máquina de fotos) es capaz de realizar una magia que permite robar los espíritus de la gente.

La tecnología está tan presente hoy en lo cotidiano, que ha perdido parte de su carácter mágico. Porque para que una magia surta efecto, debe ser extraordinaria, y cuanto menos comprensible, mejor. Pero las televisiones, los móviles, y otras tecnologías habituales como los coches o la luz eléctrica, ya no nos parecen extraordinarias.

No obstante, en la escuela, y más especialmente en el aula, la tecnología, concretamente las TIC, siguen siendo, de forma generalizada, algo extraordinario. No es lo habitual, no es el dia a día. En muchos otros ámbitos, como en la mayoría de las empresas, en las Administraciones, en la sanidad, y ahora ya cada vez más en la justicia, muchas actividades se apoyan en el uso regular de la tecnología, hasta el punto de que, sin ella, no podrían funcionar.

Pero la escuela de hoy puede funcionar perfectamente sin tecnología. Surgen argumentos y justificaciones para este hecho, como que no es necesaria, que la tecnología no mejora la educación, o que sencillamente demasiada tecnología es dañina para la educación y para el desarrollo de la persona en sus etapas iniciales.

A mi estos argumentos me recuerdan un poco la fábula de la zorra y las uvas: “están verdes”.

Es cierto que las TIC son un poco, por asi decirlo, “inestables”. Durante toda mi vida profesional he visto evolucionar proyectos, aplicaciones, servicios, que cuando empezaban a funcionar un poco establemente, resultaba que se habían quedado obsoletos, que ya había aparecido una nueva versión u otro producto mejor, más inestable, pero con muchas más funcionalidades; más “cool”.

Unos puede pensar que esto es un defecto o un inconveniente; otros pueden pensar que es una “característica”.

Lo que si que es cierto que, para superar la velocidad de escape en la incorporación de las TIC en la educación, para convertir las TIC extraordinarias (mágicas) en clase, en ordinarias (transparentes), para poder olvidarnos de los problemas y del esfuerzo para conseguir que funcionen y concentrarnos en la metodología, la que finalmente va a transformar la educación, se necesita acordar algunas premisas, que podrían ser (quizás a vosotros se os ocurran muchas más) las siguientes:

  • Integrar las TIC en los centros educativos es una cosa compleja que requiere cuidar muchos aspectos al mismo tiempo. Se requiere planificación y descomposición en tareas especializadas.
  • Algunas de estas tareas son tan específicas que se requieren profesionales TIC (con sus servicios asociados) para hacerlas bien, rápido y barato. Un docente “reacondicionado” como técnico de informática quizás podrá hacerlo igualmente bien, pero distraerá su esfuerzo de su función principal, la enseñanza, y que quizás debería ser, a partir de ahora, la innovación en la enseñanza.
  • Toda la organización debe estar implicada: el centro escolar, los docentes, los alumnos, el equipo directivo, las Administraciones, las familias, y por supuesto los proveedores educativos y tecnológicos.
  • Finalmente, la incorporación de las TIC va a suponer una transformación no sólo de los medios, sino también de los fines, de la educación; si no nos planteamos otros horizontes, no sólo estaremos desperdiciando las posibilidades que la tecnología nos ofrece, sino que también estaremos incumpliendo la que quizás sea la principal finalidad de la educación: preparar a nuestros jóvenes para el mundo que les espera el día de mañana.

Como corolario, podemos decir que incorporar las TIC en el aula no es un cambio unitario (antes no; ahora sí); es un cambio contínuo y permanente. Aceptando la doctrina de Heráclito, “lo único permanente es el cambio”.

Metafóricamente hablando podemos pensar que este proceso se parece a un círculo que gira y al tiempo se mueve hacia adelante, y que viene dibujando, en el espacio, una espiral.

 

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